• Por  El País
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En Bolonia pides un helado y la joven que atiende te canta una canción, que es una poesía, y suelta una lágrima. Un gelato al limone, tararea, triste porque el poeta, Paolo Conte, está muy malito. De Bolonia, donde lo cotidiano tiene otro vuelo, parte este sábado el Giro, el sueño de la inocencia, la edad en la que la víspera de un viaje el corazón late de alegría, de impaciencia, de orgasmo.

El Giro es un viaje que gustaría comenzar como inició Pasolini joven y soñador aún su viaje por las playas de Italia en el que creyó ver a Anquetil con cazadora negra y pantalón americano, infantil y tierno. El Giro tiene tanta fuerza, tanto peso, que hace legendarios los nombres de los lugares que toca, y los de los corredores que sufren y se exaltan, y que no son inocentes. Su corazón late de miedo, de fatiga, de frustración. Su corazón envejece rápido cargado de recuerdos de agravios.

“Ah, la memoria, la experiencia”, dice Superman López, colombiano y campesino de Boyacá que se trasciende en las montañas, donde vuela, y aún se alinea en el pelotón de los jóvenes (25 años), y ha perdido también la inocencia. La perdió en 2018, cuando acabó tercero. “Vivir es aprender, experimentar. Al final, creo que te mueres si lo sabes todo”.

“Ah, mis niños, son jóvenes pero no tiernos”, se ríe Nico Portal, el director del Ineos, el equipo liderado por cuatro debutantes a los que les acaban de salir los dientes ciclistas, Pavel Sivakov —que nació en Italia, vive en Francia, junto a los Pirineos y corre con pasaporte ruso—, el inglés Tao Geoghegan Hart, el colombiano Iván Sosa y el irlandés Eddie Dunbar, cuatro ciclistas que hacen sentirse viejos a todos, les obliga a defenderse a todos los favoritos, que saben que han envejecido porque la experiencia ha acabado con su nostalgia, con su inocencia.

Lo dicen Nibali, el favorito de los italianos, que va camino de cumplir los 35, y Dumoulin, de 28, el favorito de los puristas, de los que creen en la clase como razón última. “No somos viejos”, dice el siciliano, al que recuerdan su pasado, sus victorias en dos Giros, una Vuelta y un Tour, al que repiten que este Giro es quizás su última oportunidad de ganar de nuevo algo grande. “No somos viejos”, repite el holandés, que huye de todos los clichés del ciclista, se va de luna de miel a Nepal y desprecia a los que hablan de pasar a la historia como objetivo en la vida. La impaciencia solo le domina viendo el fútbol, sufriendo con la caída de su Ajax. “No pude dormir esa noche”, dice el holandés que no perdió ni una hora de sueño el Giro que le ganó a Nairo, hace dos años. Qué lejos está entonces Simon Yates, el inglés que ganó la última Vuelta y que llegó al ciclismo con la inocencia ya perdida. Cuatro meses antes había perdido un Giro que afrontó como un problema de cálculo: ¿hasta dónde podré llegar saliendo a tope todos los días? No llegó de rosa hasta la meta final de Roma por solo dos días. “Gracias a eso, calculé luego a la perfección y gané la Vuelta. Y llego aquí al Giro pensando que soy yo el principal favorito”, dice, y sonríe. “Que me teman todos”.

Y todos temen a Roglic, el esloveno terrible que todo lo gana y nunca duda, y no le asusta cubrir todo el Giro vestido de rosa. Ya ganó el prólogo —ocho kilómetros que se cierran con una ascensión de dos hasta la Virgen de San Luca, una cuesta al 10% con la curva de las huerfanitas, donde dejaban a las expósitas, al 16%. Y ganará también, probablemente, la contrarreloj de la novena etapa, la ascensión a San Marino. Después llegarán las montañas. Llegará Landa.

Mikel Landa, de 29 años ya, el favorito de entre los españoles, aparentemente, no teme a nadie sino al destino. Es un objeto en sus manos, sometido a sus golpes. Habla de la experiencia como una maestra, pero no para evitar la desgracia sino para sobrevivir a ella, como todos los fatalistas. Y sueña. “Ha llegado el momento de dar un pasito más, de afirmarme”, dice el escalador alavés que a los 25 ya pasó primero por lugares como Mortirolo, Madonna di Campiglio, Finestre, y no ganó el Giro porque su director no quiso, y los años siguientes no dejó de sufrir. “Lo malo se hará bueno”.

Por Bolonia pasea gordito Evgeni Berzin, el asesino de Indurain en el Giro del 94, que también nació en Bolonia. El ruso rubio se dedica a vender coches en Stradella, en la llanura padana, y lo cuenta y canta una canción, recita una poesía y se acuerda de Paolo Conte y su Acordeón de Stradella, donde la niebla parece estar dentro de un vaso de agua y anís...

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