Sentarse a escribir es una tarea difícil, vista con desprecio por quienes piensan quese construye algo sólo “pateando calle”. Tomar un receso, mirar con perspectiva permite reconocer elementos que, aunque parecen obvios por lo cotidiano, dejamos de prestarle atención

En ese proceso de sentarse frente a la computadora para garabatear líneas que resulten útiles para quien me lee, llegué a una conclusión que seguramente para muchos es más que notoria. El único motor que no deja de funcionar y mantiene vivo al ciclismo en nuestro país es el amor de los padres por sus hijos. No llevo la estadística de forma detallada, pero de cada diez llamadas que recibo preguntándome información de una carrera – hablo de las que la organización me corresponde de forma directa – siete son de padres, madres, representantes o responsables como dice la ley y tres corresponden a entrenadores o asociaciones, por cierto estas tres asociaciones suelen ser siempre las mismas.

Suele pasar que el padre o madre no deja disfrutar a su hijo del deporte o asume posiciones que en ocasiones evitan el correcto desarrollo deportivo del joven. Sí, y pasa con frecuencia. También es cierto que no deja de buscar soluciones para que se de un viaje, para que entrene o tenga la bicicleta adecuada. Mientras otra figura paterna, el “papa estado” que aunque no este de acuerdo con su existencia, existe, hace muy mal su trabajo y acostumbra a llegar con un regalo para compesar toda su ausencia en el proceso formativo, como aquel padre que va a la graduación del hijo, pero nunca lo llevó al colegio.

Pero ese representante necesita una guía, se vuelven entrenadores-delegados-mecánicos y un largo etcétera para llenar un vacío estructural que tiene el ciclismo en Venezuela. Un organigrama presente solo en el imaginario de los dirigentes, que se construye en el hacer diario y ahí está la raíz de tanta improvisación.

Los ciclistas tienen padres y madres, pero el ciclismo venezolano es huérfano, huérfano de ideas, huérfano de responsabilidades, huérfano de planes. La Federación Venezolana de Ciclismo juega al laissez faire y cada quien es libre de hacer lo que considere, siempre y cuando no contravenga sus intereses, pocas veces propone y depende de otro padre, “Papá Ministerio”. Las asociaciones esperan líneas de Papá FVC y se extiende la cadena, pero una cadena sin bielas ni pedales en la que resulta casi imposible pedalear con éxito.

Por eso, sin esos padres, o entrenadores que hacen las veces de padres, hace rato que el ciclista hubiera dejado de existir y sin ciclistas no hay ciclismo posible. Yo tendría que dedicarme a otra cosa y por eso les doy las gracias por mantenerme trabajando, muchos otros deberían agradecerles también. Incluso mas allá, corresponderles aunque sea con una palmada en el hombro, ellos también necesitan apoyo ante tanto esfuerzo.

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  • Nota:

    Los conceptos emitidos en este espacio, las ideas, opiniones e informaciones expresadas son de absoluta responsabilidad del columnista.

David Gil

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